En estos días, estaba recordando una frase de Oscar Wilde que hace algunos años me impresionó. En aquella época yo tendría como quince años, aproximadamente, y todas las frases con tinte de profundidad me estremecían...sobre todo cuando podía justificar con ellas alguna clase de decisiones o de situaciones en mi vida. Os contaré un secreto, ese tipo de frases siguen teniendo la misma función edificante en mi vida...sólo que ahora han cambiado las situaciones y decisiones...mi vida se ha vuelto más compleja y a veces hasta...enredada...creo que he crecido, en alguna medida.
Pero, sin más preámbulos, la frase de Wilde es (si mi memoria no me traiciona): “La única forma de deshacerse de una tentación es ceder a ella”
Actualmente tengo un par de tentaciones...no estoy convencida de confesar cuáles son, prefiriendo apelar a la imaginación. Lo que quiero escribir, averiguar o hasta quizá ocultar más, es el sentido de esa frase...o al menos el sentido que a mí me acontecía y me acontece.
Las tentaciones son un tipo de promesas, de esperanzas...de deseos, y, desde luego que cuando algo se desea, evidentemente no se tiene (ya sea a corto o largo plazo). Pero se tiene el deseo, y también el objeto del deseo en abstracto, y nos volvemos locos de ansiedad, como si supiéramos que ocurriría en el momento de cumplirlo, de estar satisfechos, y como si realmente al cumplirse fuese exactamente como imaginamos alguna vez.
La tentación, como un tipo de deseo, es como un limbo, como un puente en el que nos encontramos a la mitad, es decir, no estamos en el momento en que no deseábamos un objeto específico ni tampoco lo tenemos, y entonces volteamos atrás, tal vez esperando a que todo vuelva a la quietud anterior (falsa ilusión) o a que se cumpla por fin la promesa, aunque después venga la traición de la expectativa.
El asunto se complica aún más cuando lo que deseamos es contrario a algo que antes hemos también deseado pero ya obtenido. Esto puede querer decir que tal vez el cumplimiento del nuevo deseo venga a deshacer, destruir, lo que ya habíamos logrado, siendo catastrófico, sobre todo cuando lo que ya tenemos es como una flor exótica, que quizá jamás encontremos de nuevo en el Jardín Salvaje, o tal vez sea como la mariposa de extraños colores, cuya combinación la hace bella a la vez que terrible. En caso de ceder al otro deseo, que se contrapone a lo que ya está con nosotros...sería como perder un cristal que ha atrapado para sí los colores del arcoiris.
Y creo, después de todo esto, que en el centro de esta tensión, a la mitad del puente recorrido, sin estar en el antes, pero tampoco en el después...en ese centro (de haberlo) está una sensación venenosa: la angustia, a la que se suma la incertidumbre y más allá...la sensación de la nada. Atrás del deseo, como un orden en que aún no se cumple lo esperado...está la nada.

